Cuando abrí los ojos, sobre mi cabeza tan sólo vi millones de puntos luminosos... Un momento, ¿las estrellas? ¿Dónde estaba el techo de la habitación del hospital? Aquello no encajaba. Traté de incorporarme, pero sólo pude hacerlo un poco. Miré a mi alrededor y no vi nada... Bueno, no nada exactamente, veía un desierto de arena y el horizonte lejano, pero nada más; no habían rocas ni mesetas ni valles ni montes ni cactus ni nada. De pronto comencé a sentirme cansada y cerré los ojos de nuevo.
Cuando abrí los ojos, estaba en un ascensor, pero no era un ascensor cualquiera, yo conocía ese ascensor, ese que yo sabía que me llevaría hasta su casa, y no me equivocaba; paró en su piso, la puerta se abrió y yo salí, pero no salí por voluntad, era como si alguien me estuviera guiando. No estaba sola, había alguien conmigo, ella llamó al timbre y la puerta se abrió; yo la conocía, ella era... era... mi amiga. Avanzamos juntas por el pasillo y llegamos a su habitación. Allí estaba él frente al ordenador, estaba más delgado y pálido, ojeroso y se podía ver en sus mejillas el camino salado que habían dejado las lágrimas. Ella le abrazó y le besó y él a ella; y me dolió como una puñalada. Salí corriendo, quería huir, pero tropecé caí y cerré los ojos mientras me retorcía en el más profundo dolor.
Cuando abrí los ojos, el dolor se había ido. Ahora estaba en clase sentada al fondo. ¿Me había dormido en clase? No lo sabía, pero nadie se había dado cuenta de todas formas. No había ningún profesor en ese momento en la clase, sólo mis compañeros. Ellos estaban pasándolo muy bien y reían como siempre. Algo me empujó a salir de allí, entré en el baño me senté en el suelo porque aunque el baño no estaba lejos me sentía agotada por haber andado hasta allí, y cerré los ojos.
Cuando abrí los ojos, me sentí mejor. Conocía todo lo que me rodeaba, sabía exactamente donde estaba y eso me hizo sentirme mejor. Estaba en mi habitación. Me rodeaban miles de recuerdos y de buenos momentos. Salí de la habitación y busqué a mi madre por la casa, pero en la casa no había no nadie. No entendía nada. Me tumbé en mi cama y traté de entender que estaba ocurriendo, pero no me dio tiempo, mis ojos se cerraron solos y no pude pensar.
Cuando abrí los ojos, estaba en la habitación del hospital. Por fin todo estaba como antes. Bueno... no todo. Me veía a mí misma tumbada en esa estrecha, dura y fría cama de hospital a mi lado estaba mi madre con la mirada perdida y los ojos llenos de lágrimas. A su lado mi padre la abrazaba, él sólo quería consolarla, pero, ¿quién le consolaba a él? Porque por lo que yo veía sus ojos estaban rojos y húmedos y sus ojeras delataban las muchas horas de sueño perdido. Quería consolarles a los dos, quería abrazarles y decirles que todo estaba bien, pero no podía. Me sentía frustrada e impotente. ¿Por qué ese cuerpo que yacía sobre la cama y se suponía era mío no respondía a lo que le pedía? Yo sentía ese cuerpo como mío, pero no podía moverlo, no reaccionaba a mis deseos por más esfuerzos que hacía por moverme no era capaz. Volví a sentirme cansada y cerré los ojos.
Cuando abrí los ojos, me encontré en una casa que conocía como la mía, pero que no era mía. Yo conocía esos rincones, esos muebles y esos objetos que encerraban centenares de recuerdos vividos en su compañía y, allí estaban ellos. Los miré, pero ellos a mí no, acaso, ¿no veían que estaba allí? Quise hablarles pero al abrir mi boca tan sólo expulse un aliento gélido. ¿Por qué no podía hablar? Todo era cada vez más raro. Estaban viendo una película y se reían mucho. Pensé que sería divertida y decidí sentarme con ellos a verla, pero el cansancio me superó y volví a cerrar los ojos.
Cuando abrí los ojos, caminaba despacio por la acera. Me cruzaba con la gente y trataba de llamar su atención, pero todos me ignoraban. Era como si no estuviera allí, como si nadie me viera. Llegué al cruce y de pronto recordé muchas cosas. Recordé el accidente, el golpe, el dolor, la húmeda y caliente sangre que salía de mi cabeza, los gritos de la gente, las voces confusas, algunos llantos y lágrimas, oía mi voz, estaba hablando, pero, ¿que decía? No era capaz de oírme bien y me tumbé en el suelo para oírme mejor. Aún había restos de mi sangre sobre la calzada, pero ya no estaba húmeda ni caliente. Ahora sí podía oírme :
«Perdóname, tenías razón mi amor... No, no llores... No pasa nada... Estoy bien te lo prometo – esas palabras sonaban tan falsas, ¿por qué decía que estaba bien si dolía mucho?-- Sé que la he cagado... lo siento mucho... Aquello fue un error...»
La voz se atenuó y las frases salía de mis labios débiles sin fuerza ni sentido alguno. No dije nada interesante, sólo desvarié y me disculpé muchas veces. Parpadeé y se cerraron de nuevo mis ojos.
Cuando abrí los ojos, me encontré en un lugar extraño. ¿Qué era ese sitio? ¿Dónde estaba? Yo nunca había estado en un lugar así, pero parecía acogedor, me sentía como en casa. Caminé por entre los árboles y llegué a las vías de un tren, crucé, el tren pasó, pero yo lo atravesé sin problemas. Seguí caminando, sólo había un problema... ¿Adónde iba? No tenía ni idea de dónde estaba y mucho menos de adónde me dirigía. Una chica se acercó a mí. Era la primera persona que me miraba como si existiera. Era muy guapa. Tenía el pelo muy largo y de un rubio cenizo que se confundía con el blanco, sus ojos eran vidriosos y apagados de un negro tan profundo que invitaba a perderte en ellos. Era bajita, más incluso que yo, que con mi metro cincuenta dejaba mucho que desear. Su cuerpo era el de una mujer, estilizado y sensual bajo el vestido gaseoso que llevaba, a pesar de que su cara recordaba más a la de una niña dulce y tierna. Sus labios eran carnosos y morados como si hubiese pasado mucho rato en el agua fría del mar. Se paró justo delante mía y me habló:
«Hola, ¿cómo te llamas?» – Dijo, con una voz que sólo podías imaginártela en un ángel de lo perfecta que sonaba. –
Abrí la boca y dije mi nombre, y a pesar de que mi voz no sonó, ella me entendió perfectamente.
«Ven, sígueme. Te voy a llevar a casa»
Me extrañó su respuesta, pero la seguí sin preguntar. Atravesamos por un cementerio, yo creía que aquello era un atajo un poco siniestro, pero resultó no ser un atajo. Ella se paró frente a una lápida y sin darme tiempo a preguntar, dijo :
«¡Ya hemos llegado!»
Sonrió y se desvaneció al momento. Me acerqué a la lápida muerta de miedo y me dispuse a leer la inscripción.
Carolina Pérez Gallardo
Tus amigos y familiares no te olvidan
D.E.P.
23-02-2011
Mi nombre... Esa era... mi tumba. Yo había muerto... Ahora entendía todo las lágrimas de mis padres, que no pudiera mover mi cuerpo. Recordaba que en clase, en la casa de Alfonso y en la de mi novio, todos estaban felices cuando pasé por ellas... acaso, ¿ya se habían olvidado de mí? ¿No lloraban mi muerte? Hacía sólo dos semanas que me habían enterrado y ya nadie me recordaba...
Las lágrimas comenzaron a salir de mis ojos, pasaron horas incluso días y yo seguía allí llorando. Sabía que poco a poco me estaba consumiendo, pero no quería hacer nada para evitarlo. Me sentí cansada y me senté apoyada en mi tumba. La gente paseaba por el cementerio, llevaban flores para sus difuntos, pero nadie me traía flores a mí... Me sentí cansada y el dolor era insoportable, cerré los ojos y no recuerdo haberlos vuelto a abrir.